El perico audaz

Por Allan Mc Donald

Tegucigalpa, Honduras |Reporteros de Investigación

Leonel González tenía 17 años cuando lo vi un domingo colocándose los tacos sentado en la grama.

Valle de Ángeles había empezado aquel 1982 entre brumas del humo mortífero de la Guerra Fría y la neblina sobrecogedora del olvido de los muertos.

Mí papá era recién llegado al pueblo y se ganaba la vida y la de nosotros vendiendo artesanías, pintaba cuadritos de casitas con tejitas coloradas para comer, y dejó el surrealismo y la filosofía que era su pasión y su carrera, dejó la búsqueda del existencialismo y emprendió la sutil batalla contra el hambre al acertar que tenía cuatro hijos y por eso empezó a dibujar paisajitos graciosos para que los compraran los gringos.

Yo me saltaba los cercos de la infancia y huía entre la libertad y el atardecer buscándole sentido a la vida de mis 7 años; los domingos me iba al campo de fútbol a ver jugar los ídolos de aquel pueblo: El equipo de futbol Audaz, de uniforme blanco y rayas rojas que despuntaba en increíbles invictos, y que el “Perico” Leonel y su hermano, “Lango” González, eran los líderes de la delantera mortal que abolía cualquier equipo, fuera de Cantarranas, de la Villa de San Francisco, de Santa Lucía, de Cerro Grande, de Zarabanda, o de donde sea, hasta el mismo Juventus, un nuevo equipo de cipotes que se abría espacio entre ese pueblo abrumado por la nostalgia de Dios: Valle de Ángeles.

Perico y Lango fueron grandes estrellas de ese 1982, borrado de la memoria, brillaron en la oscuridad del aburrimiento de aquél puñado de caserones en adobes ensartados en medio de montañas verduscas sorprendida entre ladridos de perros miserables y cantos de gallos ajenos. Un pueblito con un parque cuadrado de guanacastes y con un kiosquito desconsolado en el centro, un refugio más bien de amores frustrados de la década más triste de nuestras vidas. Un pueblo torcido por los vientos infames de la desolación.

Lo años enteros se escurrieron, como se van los destinos entre el polvo y la vida.

Yo me fui del pueblo a buscar mi historia, y volví los últimos tiempos del nuevo siglo, y me encontré al “Perico” en las calles adoquinadas del pueblo. Ya el hombre tenía el pelo blanco, desgarbado, torcido con la cabeza agachada, con su nariz de perico, con su sonrisa apagada por sus goles del ayer. Caminaba al azar y se paraba en la esquina del cabildo, miraba para todos lados y sus ojitos apenas brillaban en la grisácea tarde. «El Perico» parecía una película de Woody Allen.

Borracho sobre las paredes de la noche me lo hallé muchas veces. Y todo mundo le decía “El Perico”, ya sin la sumisión delicada del rey de los goles, la palabra perico ya era un sinónimo de un pájaro sin plumas abatido por el tiempo.

Yo le saludaba y le decía Leonel, y él me daba la mano con el respeto inmaculado de su alcoholismo despojado de los fantasmas de aquel muchacho flaco que se confundía con las zancadas entre el césped y los futbolistas de 1982, cuando Paolo Rossi y Dino Zoff ganaban el mundial de España 82.

Una noche de los últimos días del año pasado, a “Perico” lo encontraron muerto bajo el puente de la Pozona, se cayó y se destrozó el cráneo.

Murió el héroe de mi niñez, uno de los pocos que encontré detrás de la alambrada de mi infancia.

Y lo veo aùn correr en el césped verde del campo del Zarzal, con el uniforme rayado en rojo y con los tacos flamingo, rompiendo el viento de la soledad de aquel pueblo, que hasta el nombre parece una utopía: Valle de Ángeles.

El audaz Perico voló.

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