Los hijos de las remesas

Por Carlos Méndez

¿Por qué se van? ¿Por qué cientos de miles de paisanos, en un toque de audacia y temeridad, atraviesan las fronteras patrias, para “cachar” su  ‘sueño americano’ sin más prevención que su morral de ilusiones? Está visto y demostrado que se van no porque desean “fregar el bote” en Houston, Los Angeles, Texas o “pasarla grueso” en las playas de Miami o el encanto mágico de Dysneylandia. ¡No! La gente se va porque no hay trabajo y oportunidades para crecer en el país y medio mantener la familia. No hay tortillas en la mesa, ropa, mucho menos pisto para comprar medicinas y cuadernos para los cipotes que están en la escuela.  

Huyen de las maras, extorsiones y los asesinatos que se derivan de ellas. Escapan de un gobierno espurio militarizado hasta los dientes, que persigue, mata y reprime a la gente que protesta por la dictadura flemática de la nación, hasta el granuja de tercera categoría que le encanta meter las uñas en donde nunca debió atreverse, ni en broma. 

 Nuestros paisanos, que huyen de la barbarie viven una suerte de maldición de un padre llamado Estado que no quiere a sus propios hijos; que no les da comida, techo, ropa ni lugar donde trabajar para mantenerse por si mismos, mucho menos darles amor. Pero además, los maltrata domésticamente, les pega en el trasero para arrojarlos con cálculo asesino y demencial, a que corran peligros de muerte en una ruta llena de criminales y violadores, sin contar con el tren de la muerte: “la Bestia”, que amputa alegrías y sueños. 

Sin embargo estos millones de paisanos, que al llegar a hurtadillas y burlándose de la muerte, son los que, como hormigas, año con año, mandan  remesas que luego vienen a engrosar los índices macro económicos del Estado. Es decir del padre mal parido, que los expulsó, y que encima se regodea con placer morboso, de las hazañas heroicas de nuestros paisanos en Gringolandia, y otros sitios del planeta; que disfruta de su permanencia ilegal. Que ruega a Dios y la Virgen de Suyapa que no regresen nunca jamás. Sufren con eso porque si vienen, por las buenas o por las malas, la macro economía, sostenida por aquellos pero que se queda con hartazgo en la bolsa de los banqueros, empresarios retrógrados, y de políticos marrulleros de cualquier calaña, se vendría abajo con todo su andamiaje construido para su bien vivir indebido. 

Hay que reiterar que nuestros compatriotas que una vez se fueron buscando estrellas, mandan año con año, miles, pero miles, oiga bien, de millones de dólares al año, en puras y hermosas remesas. Tan es así, que solo para 2018, ingresaron al país 4 mil 625 millones de dólares, según informes de prensa. Dicha suma podría subir, este año, según proyecciones del Banco Central de Honduras. Esto no debe alegrar al gobierno o del putativo padre ni a nadie, ya que también nuestros compatriotas y que suman más allá de los 650 mil sin legalizarse, fuera de los más de 90 mil que están bajo el amparo del TPS, son cazados como animales y obligados a regresar a su patria.  

Solo a julio del año pasado el Tío Sam expulsó a 42.969 connacionales y a un año de ese hecho, julio 019, esa numero subió a 61. 453 personas con el pesar de ver a cientos de niños y niñas en esas expulsiones.  Y viene más, según sea el estado de humor del orate que está sentado en La Casa Blanca y que de paso llama irrespetuosamente a nuestra querida Madre, “país de mierda”, quizá por la complacencia de los actuales gobernantes que sí, son eso, por corruptos y degenerados lacayos del dictador que tiene el planeta y que desarrolla una cacería humana sin precedentes en contra de nuestros soñadores, vomitados de su propio terruño. 

Al día de hoy, sin que nos demos cuenta, un avión silenciosamente podría haber aterrizado en el Toncontín o el Aeropuerto la Mesa con nuevos de nuestros soñadores, echados por Trump.  

Ahora, yo le pregunto: Usted se imagina ¿qué le pasaría a Honduras si en los próximos dos años o menos, deportaran tan solo a 500 mil compatriotas indocumentados que están  allá? Esta es, la pregunta de vértigo que le dejo en su mollera.

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