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En este instante

Mi madre cruzó una avenida de soledades

Por Allan Mc Donald

En la tarde que fui huérfano…

Tegucigalpa, Honduras (Reporteros de Investigación). La última tarde que mi madre recorrió la ciudad desde el asiento trasero de un carro, acostada viendo el techo gris del auto y el resplandor de luces en los vidrios de la ventana, el ruido destartalado de los demás carros, la gente corriendo con televisores porque daba inicio el pitazo del mundial Sudáfrica 2010. Mi madre sumida en sus recuerdos y en sus pensamientos vagos y precisos, y adivinada cada calle, cada palmo de calle que pasaba, y así jugaba mentalmente como para ganarle una partida de ajedrez mortal a la mismísima muerte, así hacía sus juegos mentales para vencerla, y decía:

-Acá es la calle real, acá es Bellas Artes, donde tantas veces fui a dejar a mi hijo pequeño, acá es la primera avenida, acá es el parque la libertad y entonces allí se detenía y recordaba los músicos de 1950, cuando ella pasaba viendo con su ojos inocentes por las verjas de la casa donde trabaja con unos turcos, de doméstica y su sencillez que llevó hasta la última hora, recordaba la flor anaranjada que un hombre, 23 años mayor que ella, le dio con una sonrisa etrusca y una mirada simple, era mi padre el viejo de la flor que le cantaba:

“Sin un amor
La vida no se llama vida, sin un amor le falta fuerza al corazón sin un amor el alma muere derrotada, desesperada en el dolor, sacrificada sin razón, sin un amor no hay salvación”…

Silbando se le acercaba el viejo al hombro inocente y ella con el cabello torcido se cubría la pena de estar enamorada en aquel parque de mariachis tristes que vendían su voz para alegrar damas de sombrillas abiertas y caballeros adornados con brillantina sol de oro, como para portadas de un almanaque de brístol.

Ella recordaba así, y sonreía y esa canción era como un aviso 60 años atrás de lo que pasaba a esa hora fatal detrás de una asiento trasero del carro que transitaba veloz por allí, una evocación ya casi difusa por el ruido del auto que no dejaba que los recuerdos salieran rápido, se trababan en la caja del motor y estropeaba la vida al revés de mi mamá.

La última tarde, mi mamá recordó sus pies descoloridos de amaneceres rurales con sandalias compradas en el mercado Colón, por 35 centavos de aquel 1950, cuando ella venía de su pueblo a buscar la vida a Tegucigalpa, la Tegucigalpa borrada por el recuerdo de antes y era sepia y de pájaros en vuelo, como una postal pintada por el olvido, así volaba el recuerdo de mi madre en su última tarde, y decía, por acá pasé, yo lo sé, son las mismas huellas que he calzado en mis 65 años, y esta calle, es esta y la otra, por acá pase un día comprando leche “polimil” para mis hijitos, y acá es la esquina del cine hispano, allí vi “Los diez mandamientos” en 1957, acá ya pasé, ya pasé muchas veces… así adivinaba todo, y miraba de reojo por una esquinita de la ventana los alambres de luz, llenos de monte y pájaros en desuso, las nubes grises se miraban que pasaban en velocidad, como becerros de algodón manchados por el humo del recuerdo de todos los siglos pasados.

Mi madre miraba despacio el mundo entero por esa esquinita media abierta de la ventana del carro que la llevó al hospital, un nieto de ella manejaba desorbitado por el olor de la consumación, esos olores a lirios, ese olor a 5 de la tarde que asalta el corazón como el final.

Mi mamá adivinó cuando el auto ingresó al hospital y se sintió como aliviada, como cuando se viaja en tren y se llega a la estación donde nadie lo espera a uno, y mi madre sintió eso y la bajaron en camilla unos enfermeros que envés de gabacha blanca andaban la camiseta de la selección de África y la de Brasil, y los médicos la atendieron en seguida en las puertas de la emergencia, un par de doctores también andaban camisetas, pero de la selección nacional, con la H azul en el pecho, y eso daba un poco de paz, de confianza, uno se decía, el fútbol es patriotismo, y si es patriota este doctor, es también buen hombre y si un buen hombre, seguro salvará mi madre.

Mi mamá acostada, tendida en una cama blanca, con 7 doctores encima, buscando maneras de inventar la vida que se va, y mi madre pensando, recordando con los ojos marchitos, pensaba en sus nietos y nietas, en los más chicos, en su Abril rosada de alegría, en los primeros dientes, y en esa tarde de un domingo cuando ella fue la primera en bañar a mi hija a los 6 días de nacida, y pensaba también en los demás, en todos, en sus nietos mayores que crió con una tortilla ungida con mantequilla bendita que hizo milagros y que los llevó de la mano al kínder, a la escuela y al colegio, pensó en sus hijos ya todos hombre y mujeres, en Jenny que la esperaba detrás de la puerta última, pensó en Sherry, la mayor, la que dio el primer beso, la primera esperanza, la que nació para ser bonita decía ella, la que nació para crear mundos, y pensó en Henry, al que de chico se le fue de las manos y ella lo recordaba sentadito en una silla de cuero curtido, y volvió a pensar en Jenny, la que dejó una hija bella, de ojos primaverales, y pensó en Johnny, el más pequeño, en el que ella le apostó la vida y ganó, en la que ella dio la mitad de su ser para que él se fuera a estudiar a Europa y ella acá barriendo pisos, y trapeando pasillos larguísimos para enviarle dólares, para que se educara, para que aprendiera arte, mi mamá vendía artesanías los domingos en el parque para así darle de comer a los que estaban acá, y aquel en Bulgaria que también pasaba hambres, pensó en todos y a todos les dejó una sonrisa de triunfo, todos ellos triunfaron, todos se casaron, tuvieron hijos y estudios, todos son buena gente y honrados decía, hasta sus sobrinos, que uno quiso ser policía, pero su carrera a tiempo la redimió y se puso estudiar ingeniería, así decía ella, todos mi hijos y nietos han forjado grandes cosas, salvo Allan, aquel que esta allá arrimado a la puerta de emergencia, viéndome por el polarizado desconchado de la emergencias. Allí esta, nunca armó ese simple rompecabezas que es la vida, nunca tuvo una casa, nunca un hogar, nunca un amor, ni en eso triunfó decía, ni siquiera en eso que llega solo, ni siquiera le llegó a él, nada tuvo… Y yo fui el que le negó la alegría de verme triunfante con olivos en la cabeza, yo solo serví apara arrimarme en la puerta de emergencia y desde allí la miraba tendida a mi madre, boca arriba como un cuento de Cortázar.

Y afuera llovía a mares, todos los demás, enfermeros y pacientes revueltos con familiares en un nudo, sentados en sillas de ruedas, con pies enyesados, con las manos enclenques, las cabezas torcidas con vendas, con parpados hinchados de medio ojo viendo el mundial de futbol en una pantalla gigante clavada de emergencia en una sala blanca, y la enfermera pasando lista y nadie se movía, hipnotizados por la pelota, todos clavados allí con la mirada escarchada de esperanzas en los pies de un mortal con uniformes colorados.

Afuera llovía.

Solo mis hermanos, todos, exactos con los ojos en la puerta de emergencia. Viendo que abrieran, viendo de reojo por el desconchado polarizado, esperando noticias y me acerqué y vi que un doctor abrazó a mi hermano, me hice la idea que era un amigo de él, quizá, aquel conoce gente bien, porque fue a un colegio élite y tiene buenas amistad que sé yo… aquel estaba allí con ella y solo un familiar permitían y le cedí ese espacio último a él, y él valientemente agachó la mirada y llamó al teléfono y yo respondí, justo en el momento de un gol arrebatado y escuché entre gritos futboleros y lágrimas lejanas que me decía: “murió mi mami”.

La tarde se acabo.

Caminé despacio bajo la tormenta, me senté en unas gradas, vi el cielo, lloré como nunca antes, bajé mi cabeza, vi mis zapatos perdidos en un charco de aguas saladas, vi el mundo al revés desde mis rodillas que me abrazaban, y apretado en un silencio, le di gracias a mi madre por haberme dado el don de existir y mirar la vida por estos ojos que la han llorado…

En la tarde que fui huérfano.

Allan McDonald.

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