Los hijos de las calles

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Por: Carlos Méndez 

Tegucigalpa, Honduras |Reporteros de Investigación

Aquel día maldito, Neto quien se había venido de una lejana comunidad del sur del país, estaba en la esquina del parque central de Danlí, vendiendo periódicos, cuando vio que su padre que también se había venido de la aldea, era agredido por un particular. Un sol de mediodía calaba en la piel y Neto sin pensarlo dos veces, se metió a defender a su progenitor con un filoso cuchillo que fue a parar como demonio en el abdomen del agresor. Neto, que apenas tenía doce años y medio, de pronto se vio huyendo por los montes, sin rumbo fijo, comiendo y bebiendo lo que iba encontrando en los senderos, mientras lo perseguía el terror y el escalofrío de ser capturado por hombres uniformados. Así, caminó y caminó, hasta llegar a Tegucigalpa en donde se adueñó de sus calles sin saber qué hacer con ellas, dónde dormir, en fin, cómo sobrevivir. 

Neto: Yo empecé buscando trabajo y como no lo encontré de inmediato, rápido me puse a pedir para poder comer algo. Me hice pedigüeño. Nunca había hecho eso. Luego me junté con otros cipotes de la calle y comencé a descomponerme. Me metí a los vicios. Cuando no conseguía algún trabajito como lavar carros o hacer mandados, hacía relajos por cualquier cosa para poder tener algún pantalón, camisa y comidita. Así me la jugué en los bulevares, al pie de los carros que se paraban frente a los semáforos en rojo o en las esquinas de algunos negocios. La calle es vergueada, jefe.

Carlos Méndez (Carlos): ¿Cuándo decís relajos, a qué te referís?

Neto: Lo único que puedo decirle es que nunca hice lo que hace un marero. Esos manes son capaces de matar hasta por un cordón de zapatos. Lo mío fue otra onda. Como soy alto y tenía buen cuerpo, me di cuenta que me servía para defenderme y ganar. Comer. Salir adelante. No le niego, a mi me encantaba tramparme riata con cualquiera. 

Carlos: ¿Cuánto tiempo estuviste en la calle?

Neto: Más de 6 años. No me lo ha preguntado, pero quiere saber ¿dónde dormí todo ese tiempo?

Carlos: Ajá.

Neto: Los primeros días yo pasaba las noches en las bancas de algún parque pero sentía que me podían joder de puro gusto. Entonces en una de esas pinceleadas, me encontré una mancha bien tupida de bambúes en los bordos de ese río que está antes de llegar al Honduras Maya, que no se como se llama. Allí llevé unos plásticos y me hice una carpita para defenderme de la lluvia. A veces, alguna gente pasaba corriendo por las noches, pero como estaba en medio de aquellas plantas no me pasaba nada. Estaba bien escondidito. Así la pasé.

Carlos: Te agarró los 18 años allí, ¿verdad? 

Neto: Sí

Carlos: ¿Y cómo lograste salir del mundo de la calle?

Neto: Creo que me hizo pensar mucho la cárcel. La ultima vez que fui a parar allí fue porque estando bolo, torié a unos chafas para agarrarme con ellos. Eran dos y los estaba vergueando. Tuvieron que meterme un balazo en una pata y me zamparon al mamo. También me estaba metiendo a otras cosas peligrosas como las drogas.

Pero quiere que le diga: también pudo que en ese tiempo conocí a mi jaña que ahora es mi mujer. Cuando yo le dije que se metiera conmigo, ella me contestó que sí pero si yo dejaba la calle, los vicios y la vida que llevaba.

Carlos: ¿Y entonces?

Neto: Cambié la calle por esta caja de lustrar, mire. Fui cambiando de a poquito. Nos fuimos a vivir allá por la Sagastume, a la orilla del río. Eso fue antes del 98. Nos metimos en una champita de pocas tablas. Allí hice a mis tres hijos con ella. 

Carlos: ¿La querés?

Neto: ¡Uuuy, clarines, jefe.! ¡Ni se ponga a decir eso, porque me la baja! 

En 1998, el huracán Mitch se llevó la casita improvisada de madera en donde vivían Ernesto Medina, Gloria, su mujer y sus tres hijos pero gracias a una organización española, pudieron inscribirse en un listado de beneficiarios para una nueva vivienda en Ciudad España, adelante de Támara. 

-El Mitch, nos salvó, porque tenemos una casa que ni en sueño la teníamos- recuerda

 De allá, Neto, 29 años, todos los días viene al parque Herrera de Tegucigalpa, con su caja de lustrar para sacarle brillo a su existencia y la de los suyos. Allí, en una de estas tardes apacibles, al despedirnos, Neto apuró una explicación breve, como queriendo lavarse de una herida lejana.

-Jefe, no se olvide poner allí que al hombre que le metí el cuchillo en Danlí, no murió, ni a mi papá le pasó nada malo también. 

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