Los sicarios de la dictadura

Chamelecón una zona de resistencia obrera es ahora un territorio estigmatizado por la violencia debido a la falta de políticas públicas de desarrollo.

Carlos Méndez (*)

Cuando el coronel Güayo Galeano se hizo cargo de la Comandancia de Armas de La Lima para poner orden y seguridad, tal cual un legado del dictador Carías Andino, en los años treinta del siglo anterior, llegó con una lista negra para salvar la patria de sindicalistas, líderes revoltosos, resentidos sociales, comunistas, liberales y todos los que no eran cachurecos que andaban de insurrectos haciendo huelgas en contra de las bananeras o que luchaban contra la salida del mentado dictador. Al coronel como a otros de su estirpe, Tomás “Caquita” en cuenta  y otros de su estirpe, la dictadura les dio un sobre blanco para decidir, inclusive sobre la vida o muerte de personas. 

En pleno episodio de las  huelgas bananeras, Güayo impuso toques de queda a partir de las diez de la noche, hora en que se desplazaba con su moto carro por las fincas, para capturar a gente opositora  que tenía en su lista macabra. En sus manos, muchos compatriotas no volvieron nunca a los barracones. Cuando los campeños escuchaban el ruido del automotor a la medianoche, un sudor silencioso y de muerte, se apoderaba de todos los sentidos.

Güayo Galeano se graduó con honores cuando mandó a masacrar  a unos campeños que se metieron a una milpa abandonada por la compañía bananera  y que fue usada para dar de comer a unos huelguistas en los campos bananeros de la Standard Fruit Company. Los testimonios de la época dan cuentan del horror de aquella matanza.

Ideológicamente, Güayo no era ningún inocente. Admiraba mucho a los “camisas negras” de la Italia fascista de Mussolini y también a Hitler, pero además era un hombre profundamente religioso, amigo del barrio, buena gente, querendón, amante de los niños y la música clásica. Para complacer su  dulzura se radicó a las orillas del río Chamelecón para disparar sus miradas fulminantes hacia la Lima Vieja en donde su apiñaban miles de obreros de las compañías bananeras. Se compró para él solo, una marimba entera, la “América India”, que desde sus maderos le cantaban el “Danubio azul” o “Los bosques de Viena”.  Era tierno. A veces, lanzaba al aire monedas de veinte centavos, a la garduña, mientras un enjambre de cipotes se tiraba al suelo para recogerlas. Cuando llegaban los primeros días de febrero, era seguro que el ambiente de todos los limeños se cubría de fiesta, a propósito del onomástico de la virgen de Suyapa. Había de todo. La marimba empezaba con el feliz cumpleaños a las cuatro de la mañana, luego el himno nacional; más tarde, “Virgen de Suyapa, oh reina de Honduras, la nación entera te aclama de hinojos!”, mientras los vecinos se arremolinaban para disfrutar de los bombazos  de los cohetes de vara, rapaduras de dulce y las borracheras de miedo. Ese día, Güayo se regodeaba de placer, metido en su azulón y panza de acero, porque por la noche, otra jornada de sacrificio por la patria, le esperaba junto a su moto carro. Si el coronel viviera hoy, en 2019, con seguridad haría lo mismo y más. En las paredes frontales color blanco-harina de su casa, dibujaría con sapolín, una gran bomba lacrimógena y a un lado escribiría la siguiente leyenda: Vendrán tiempos mejores, caiga quien caiga, ¡carajo!

(*) Periodista.     

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