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Una crónica de Wendy Funes | Edición: José Manuel Serén
Michoacán, México | Reporteros de Investigación. El bus era una segunda casa de noche o de día.
Los crepúsculos con neblina decían adiós a los 45 artistas de Chile, México, Colombia, incluidos 11 de Honduras. Eran recibidos por amaneceres calientes y, en otro pueblo, otra vez despedidos por noches glaciales. Así es como en uno de los viajes, salimos de la neblina de las zonas más altas de Ciudad Hidalgo, en Michoacán, al vapor casi hirviente de Atlapexco, en el Estado de Hidalgo.
Durante el III Festival Internacional Hatzikán viajamos por el centro de México representando a Honduras durante 16 días entre colinas, regiones volcánicas, sierras, por sinuosas carreteras bordeadas por bosques húmedos en zonas altas o plantas resistentes al desierto.
El bus se inundaba de la melodía de los acentos latinoamericanos. En la entrada del autobús, la bienvenida siempre la daba el profesor Rogelio Junior Villanueva Navarrete junto a su mamá de 89 años, Leonila Navarrete.
La llevaba de la mano con amor, como si fuera una amiga a la que se espera y se le entiende sin apuros, al paso de sus nueve décadas y de sus 11 hijos. Con calma para llegar lejos en este viaje que es el Festival Hatzikan.
“Soy el hijo menor”, dice y su bigote azabache se ensancha cuando sonríe mostrando con esplendor sus dientes superiores. Tiene garbo y estilo al hablar, el mismo que saca para zapatear con su cuerpo de 41 años danzando los sones con cuerdas, tamboras y trombones de Nayarit.
“A mi mamá le gusta viajar y a mí también ¿por qué no hacerlo juntos? Podría decir que ella es mi fan número uno, siendo la fan número uno, es la porrista número uno del festival. Es una señora de 89 años y no se cansa, me canso primero yo y ella sigue con la batería cargada”.
A los seis años iba solo a la escuela y también al doctor. Su madre que lavaba y cocinaba para mantenerlos cuando quedó viuda, le enseñó a caminar de manera independiente y tanto aprendió su hijo que agarró la senda hacia un festival internacional que incluye diferentes manifestaciones artísticas. Una innovadora idea con potencial creativo y de difusión cultural en todo el continente.
En los primeros asientos del bus también viajaba el Grupo Piquichaquis, de San Juan de los Lagos, Jalisco, representado por una pareja, la maestra Juani y el Bailarín más pequeño del grupo, Iván, siempre alegre y entusiasta, bromeando con su madre que lleva el mismo nombre que su bailarina y lo apoya en cada puesta en escena. Esta relación de Iván y su mamá Juani es parecida a la del profesor Rogelio y la de su madre.
Más detrás se sentaban parte de los bailarines de la delegación de Honduras del Grupo Real de Minas de Tegucigalpa y a su lado, el grupo chileno Carelmapu y más atrás Cuauhtli de Chihuahua.
En cada viaje, en el bus entero se mezclaba la canción de los acentos latinos y de la alegría de los “paisas” de Expedición Danza y de la banda sonora La Caimana.
Nuevos bailarines desembocaban en el bus. La cantidad aumentaba en cada pueblo que se iba sumando al festival móvil para llenar el escenario de gritos folclóricos, pasos como latidos de corazón, colores vibrantes y costumbres.
En Huiramba Michoacán, los primeros anfitriones fueron las y los bailarines de Mintzita Uarharicha. A medida seguía el viaje en cada región se sumaban a las delegaciones artísticas de Estados de México como el Ixquitlan de Verácruz que se subió a la mitad del camino o el Mizquiyahualli, el anfitrión en Mixquiahuala de Juárez.
El Ballet Folclórico Ayer y Hoy es un grupo de mujeres y hombres con una larga trayectoria en el baile, liderado por la profesora Elizabeth Gonsen. Una guerrera sobreviviente de batallas sucesivas sin tregua. Me contó su historia frente al icónico Reloj de Pachuca, Hidalgo.
Eran las 11 de la noche y la maestra seguía sonriente y enérgica. Se había pasado el día corriendo de un lado a otro, coordinando la atención para las delegaciones, guiando al grupo por la riqueza cultural de Pachuca. Así fue como organizó las visitas a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), un centro que muestra cómo la economía y la educación crecieron para satisfacer la necesidad de la extracción de minerales, la minería y que muestra la soberbia española de soterrar un templo indígena para erigir la religión de los europeos.
De ahí salimos al Instituto de Artes (IA) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, en la cabecera municipal de Mineral del Monte, en el que fuera a finales del siglo XVIII, un inmueble minero del Conde de Regla Pedro Romero de Terreros. En estas aulas, hay miles de horas dedicadas a hacer arte. Esta mañana zapateaban al son de huapangos mexicanos y en otro rincón creaban artes plásticas.
Al caer la noche, bailamos frente al reloj de Pachuca, de cara a un público atento y expectante que se conmovió al escuchar la punta catracha (un baile hondureño de raíz afrohondureña).
Y después de bailar ahí estaba la maestra invitando a subir al reloj. Ya iba a ser la medianoche. Me contó que aprovecha cada segundo de su vida, junto al hombre que ama, llamado Santiago. “Santiago me acompaña” — platica — y vuelve a sonreír. Es un hermoso romance de lucha, amor y danza.
Toda su vida fue una bailarina con varias tallas menos, por eso cuando empezó a aumentar de peso, comenzó también una peregrinación para investigar el motivo de su cambio, el viaje le permitió aprender a librar una batalla a la vez. A partir de ahí, le han ido diagnosticando una serie de complicaciones de salud y ella lo cuenta y se ilumina porque ahora aprovecha con intensidad cada segundo de vida.
Ella hace su travesía interna en este viaje que es el Festival Hatzikán y que va creciendo como un mar en el que desembocan ríos de expresiones artísticas. Este viaje empezó con la Escuela Especial Folclórica Tepic de Nayarit, México y con Expedición Danza cuando el maestro Rogelio conoció a su director, el colombiano Edward Restrepo.
Los raros se apoderan del continente
“Hacer arte es hacer resistencia para la transformación social” — dice Restrepo—. Cuando Retrepo baila, parece un ave que vuela. Tiene los pies, vestidos de zapatillas de una tela parecida a manta blanca, ágiles, como de gacela.
«Siempre he sido raro. Nací con una enfermedad que me impedía acercarme a otro cuerpo. Eso implicó que mi madre sufriera una mastitis ya que no me quise alimentar”.
“De repente me empezó a interesar el tema, ver los cuerpos. Yo veo lo que dicen los cuerpos” —platica Restrepo—.
Restrepo tenía fobia por otra piel. Es como una burla a las limitaciones de la vida que ahora trabaje con cuerpos y se base en el artista alemán Friedensreich Hundertwasser para concebir a los humanos protegidos por cinco pieles.
La primera piel es la epidermis que recubre el cuerpo desnudo; la segunda, la ropa; la tercera piel es la familia, la cuarta, el barrio, la ciudad o el país y la quinta, es el mundo.
Por todo eso, en la escuela, fundó el grupo de los raros y les enseñó a sentirse orgullosos de ser raros. En “esas andaba cuando conoció al maestro Rogelio. También le pareció que era raro. Eso los hizo conectar de inmediato. Y de esta manera, surgió la idea del festival que sube cual marea para convertirse en una fiesta continental.
El maestro Rogelio conoció en Panamá al colombiano, Edward Carmona y Carmona lo invitó a Colombia.
—Edward me dice, ¿cuándo vas a Colombia? Y yo le dije: Tú dime rana y salto. Entonces Edward Carmona me invita a Colombia a un festival y me invita a un conversatorio sobre el zapateo en el mundo e invitó (también) a Edward Restrepo
Era una mañana fría de marzo en Nayarit. El profesor Rogelio miraba a través de la ventana hacia la alameda central de Tepic, inundada de álamos. Estaba en su escuela, en labores administrativas. Recibió la llamada de Edward Restrepo que lo invitaba a dar una charla motivacional a su grupo de artistas Los Raros. Luego recibió la invitación para el festival.
—Le dije donde firmo— en son de broma. Así es como iniciaron un sinfín de llamadas para instalar el Festival Internacional Hatzikan.
El maestro Rogelio no necesita decir nada para hablar con la sutileza de su cuerpo. Es como si cada tiempo musical, le suavizara el rostro y las posturas. Es el vicepresidente del Consejo Directivo del Festival de Folclore Hatzikan Internacional. Los dos maestros parecen muñecos de trapo haciendo poemas con sus cuerpos.
“La idea es involucrar a más países y más Estados de la República mexicana, que vayamos creciendo como festival”.
Al oír cómo el maestro Edward me contaba su historia, pensé que también me sentí rara en alguna época de mi vida y me dio nostalgia de haber hecho tanto esfuerzo por ser aceptada. Ahí a la orilla de la piscina donde platicábamos bajo un sol ardiente persiguiendo con nuestros cuerpos la sombra que se corría a medida arreciaba el sol, me sentí incluida por los rescoldos de rareza que aún conservo. Fue incluyente conocer distintos tan parecidos. Con los mismos temores, con los mismos dolores, con el lenguaje común de la desolación que puede dejar un error en escenario.
El III Festival fue en México, la gira inició el 25 de octubre en el centro de la republicana mexicana en distintas zonas de Huiramba y Ciudad Hidalgo en el Estado de Michoacán y en Pachuca, Atlapexco y finalizó el 9 de noviembre en Mixquiahuala de Juárez, Hidalgo. Al final en toda la gira hubo más de 200 artistas si se suman los locales.
Honduras, país pionero
Honduras también forma parte de la directiva y es uno de los países pioneros. En 2025, la cuarta edición del festival se desarrollará en este país de Centro América. El territorio catracho recibirá más países que se sumarán a la fiesta continental.
“Esto ha sido como una bola de nieve que ha ido creciendo. Este festival es entre amigos, siempre les digo quiero que mis amigos conozcan a mis amigos”, dijo el maestro Rogelio.
En 2018, el maestro Rogelio conoció en Panamá a Farah Robles de Honduras y le hicieron la invitación al festival y al segundo festival ella los puso en contacto con el maestro Edwin Melgar director de Real de Minas de Tegucigalpa. De esta manera, Honduras se convirtió en otro de los pioneros del Festival Hatzikan.
También Edwin Melgar peregrinaba en una búsqueda. Cuando conoció a Retrepo y al maestro Rogelio.
Melgar junto a la bailarina, Paola Ayestas, empezaron a preparar la iniciativa. En el segundo festival fueron ellos dos a Colombia, a representar a Honduras. En 2024, ya fueron cuatro parejas y dos artistas plásticos.
El maestro Melgar hace folclore hace 20 años. Se formó como artista en el Grupo Folclórico Lentercala de La Esperanza, Intibucá. Ahora fundó, Real de Minas de Tegucigalpa, una empresa artística que llevó el arte hondureño a fronteras internacionales.
Este festival es una oportunidad no solo de difusión cultural sino una oportunidad de negocios, las primeras tres ediciones han sido financiadas por los bailarines y en México, tuvo al menos la presencia de presidentes municipales. En cambio, en Honduras, el apoyo gubernamental fue limitado con promesas falsas pese a la vitrina que representó.
A los bailarines de Honduras, le dieron la visa a última hora. Los organizadores creen que facilitar los trámites migratorios para los embajadores culturales, les ayudaría mucho.
Así era el bus del festival, cargado de historias. En cada asiento un gran acerbo. En uno de los asientos de los colombianos iba Mauricio Valencia. Cuando baila, parece que el corazón del folklore palpitara en todo él y eso se refleja en su rostro.
Valencia cuenta que probó la ayahuasca, con los chamanes del Amazonas. En ese trance espiritual, se ha visto como el hijo de un faraón y vio tres veces su muerte en posición fetal, por eso fue premonitorio cuando, el maestro Santiago —el esposo de la maestra Gonsen— lo invitó a ir a las piedras para que se le pasara el huracán de náuseas que llevaba en el estómago por el viaje en el bus. Y ahí, desde la cima de las piedras mexicanas le enseñó el lago donde los hombres mueren en posición fetal sí se bañan en Semana Santa. Entonces recordó sus visiones y pensó no es casualidad que hoy esté aquí. “No es casualidad que hoy tú y yo hayamos coincidido en México y que me preguntes sobre la ayahuasca”, dice fascinado.
Héctor Hernández, bailarín de Honduras, platica que soñó con la Virgen de Fátima que le avisó que su amigo estaba secuestrado y a su amigo lo rescataron los federales en México.
Yo, después de escuchar en cada asiento del bus una historia que contar, relato: los artistas de Honduras fuimos con nuestros propios recursos y mil adversidades, embajadores culturales en México y también, fuimos —parafraseando a Ramón Rosa (1882)— héroes legendarios de los eternos reveses del arte, pero siempre leales, en cien batallas, porque “pelear abnegadamente, en nombre de una idea regeneradora, es ennoblecerse y glorificar las altas aspiraciones de los pueblos” como el prócer del billete de diez lempiras, José Trinidad Cabañas.
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