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En este instante

Jesucristo resucitó borracho aquel domingo

Por Allan Mc Donald

Tegucigalpa, Honduras (Reporteros de Investigación). El Viernes Santo de 1980 me encaramaron en un taburete a cuidar al Nazareno.

Yo de 7 años, con el pelo cobrizo parecía ser el único ángel caído en aquel Valle de Ángeles donde me ocuparon para sacarle los clavos de papelillo con engrudo y a cuidar a “Tito dengue”, ayudante de telegrafista del pueblo, un mozalbete pálido que parecía un héroe con dengue de por vida.

Pues aquel Viernes Santo “Tito dengue” hacía el papel de Jesucristo amarrado en un palo cruzado en el portón de la iglesia.

El Tito dengue ni se mosqueaba, y yo creí que sea había muerto de verdad. El cipotón, chele, curtido por el sol descomunal me miraba con los ojos desbordados en el llanto de imitación de Robert Powell en la pasión de Cristo. Los ojos perdidos como viendo el cielo infinito y yo asustado de verdad, por la salsa de tomate que se resbalaba por la cara azotada con látigos de esponja.

Yo me eché a llorar por la muerte de Tito dengue, y el padre Bosch me pellizcó el brazo y me dijo que me calmara. El padre Bosch que no se bajaba su 38 Especial niquelada; me miraba con saña por arruinar la Semana Santa de aquel pueblo desorientado en las manos de Dios, que observaba desde las montañas azules la pasión de su hijo crucificado de mentiras.

-Los ángeles no lloran- me decía la señorita Callita, la viejita hecha como de alambre, con sus pasitos de tortuga arcaica, que me llevaba a la misa de las 4 de la tarde.

Mi papel terminó al enterrar a “Jesústitodengue” bajo una tarde anaranjada, detrás de la iglesia. Le clavaron una piedra de papel maché y a mí me dieron una bolsa de confites y galletas Gallito, de El Salvador; y me mandaron a casa.

El domingo de resurrección, ya 3 días después, fui a bañarme a la pozona, con los cipotes mayores de mi barrio y allá detrás de unos peñascos vi a Titodengue, rodeado de unas mujeres de Zarabanda, el aun con las sandalias del Galileo, caminaba entre piedras y charcos de lodo, como cuando Jesús caminó sobre las aguas turbias y masticaba una canción que sonaba en una grabadora Record:

avispa
me llaman la avispa
y yo no sé
por qué me hacen daño
te dicen que
soy un casanova
no me quiere tu mamá
tu papá me ha dicho que
solo soy un picaflor
yo no sé qué voy a hacer
te pido amor que no les creas
porque yo solo a ti te quiero
detrás del baile yo te espero…

Yo me estremecí, salí corriendo y me eché a llorar del miedo, de cómo Jesús salió de aquellas piedras de papel y se fue a poner bolo con unas putas en el río.

Me hice ateo y nadie me sacó esa idea, de que era un teatro. Una especie de cine de pueblo, una pantomima de que Jesús existía y que había revivido 3 días después.

El mismo padre Bosch me dijo sin tapujos al agarrarme de la mano con fuerza descomunal de un enviado de Dios: – “déjate de pendejadas, mirá cipote, vos solo sos un ángel sin alas. Jesús sí existe y no es el mentado titodengue, ese es una vago tipería que se parece a Jesús por su barba de chivo, y esa melena de mafufo que se carga. Es el único pendejo chele en este pueblo de indios, que se parece a Jesús. Pero no es más que un bolo que hace cagadales con los culos. Jesús es real y está en los cielos. Anda rezá un Padre Nuestro y pedí perdón.”

Esas fueron las últimas palabras que escuche del padre Bosch con esa exactitud memorable, porque una semana después lo mataron. Lo lanzaron del campanario en un crimen esotérico y enigmático hasta hoy.

Yo crecí, me fui del pueblo y abracé el oficio de dibujante y por una época me dio por ilustrar ángeles. Saldé mi deuda con el ateísmo y creí en mi relación personal con lo divino y lo místico.
Me encerré sin perdón de nadie para creer en mis ángeles y la luz divina del camino que debo seguir.

Y hoy, en plena Semana Santa, por la ventana de mi casa, vi pasar en vivo la crucifixión de Jesús.

El mismo titodengue, de barba castaña, chele, pelo largo, y enredado, ya con 57 años en la espalda de madera. Sin la mirada de Robert Powell, ya no caminaba como un príncipe egipcio, ni tenía el porte del Moisés de Charlton Heston, ya su guapura de chele fatal y pintoso de 1980 había sucumbido por la procesión de los años, ya las mujeres lo miraban con lástima de perro apaleado, su cuerpo era el de un espantapájaros quemado en los soles del olvido, con las manos verdosas de pobreza y las venas partidas de los brazos, con sus codos raspados por las cunetas malditas del guaro, titodengue con todo y eso, seguía siendo el Jesús de mi infancia.

Hizo la estación frente a mi casa.

Se arrodilló y me vio. Me sonrió con sus dientes cenizos y torcidos y un latigazo de esponja le cruzo la espalda. Me vio ya sin los ojos del nazareno de 1980, y con su mano ensangrentada de salsa me tocó el hombro y me dijo: -“ajá viejito”.

Me dio nostalgia titodengue, el mismísimo Jesús me dio tristeza.

Escribí esto, minutos después. Y me vi las manos sobre el teclado, ya no tengo la inocencia de mis 7 años, ni las alas de cartón del ángel que fui.

Mi pelo se volvió gris y alborotado por los vientos implacables de los años perdidos en el torbellino de la vida. La escarcha que volaba de mis ojos se hizo ceniza en mis días de hombre desgraciado bajo el sol de aquellas que nunca me amaron. Y los clavos de papelillo que saqué de aquel madero, se volvieron lápices y me los clavé para dibujar sin asco y sin gloria.

…………. Allan McDonald………..

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2 Comentarios en Jesucristo resucitó borracho aquel domingo

  1. Carlos Mendez // abril 18, 2019 en 4:33 pm // Responder

    Extraordinario relato de Allan. Autobiograficamente es retrato vivo hecho a pulso por alguien,orgullo de país y Centroamérica.
    Felicitaciones a REPORTEROS DE INVESTIGACION a quien sugerimos que abran una página en donde sea el espacio del escritor que con ternura se salta del lápiz rayado para dibujarnos historias de vida tan hermosas como sus muñecos de cartón.
    Carlos Mendez

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