Allan McDonaldTegucigalpa, Honduras (Reporteros de Investigación). Tenía la cara de llamarse Melissa, y así se llamaba.Estábamos ya en segundo grado. Era delgada, pálida, tenía ojos afligidos, pelo ensortijado como la caligrafía de la vida y llegó a medio año con una hoja destartalada como traslado de la ciudad de La Paz a Valle de Ángeles. Teníamos 8 años.Se sentó en el último pupitre; solo había dos espacios, uno junto a mí y uno vacío al fondo del aula, donde la profesora Aurora daba cátedra de sus soledades.Mi lado estaba vacío, siempre vacío, me corrí con la ilusión de que ella se sentara y no lo hizo, pasó de paso, como un viento implacable y su sombra dejó el rastro de sentirme más solo.
Después, tampoco nadie se sentó junto a mí, nunca en ningún grado, ni en ninguna parte, como un aviso de que no espero a nadie.La amé desde un día que en el recreo me puse a dibujar y ella en el burullo de los cipotes se acercó con su cuerpo de alambre y su “caritadiantes”, su perfil fantasmal cayó sobre mi cuaderno y la miré por la esquina abandonada del ojo y allí estaban sus cabellos enredados en la luz del día de aquella infancia que se fue.Un 15 de septiembre nos hicimos novios.Comprando una minuta estábamos, cuando a ella se le cayó aquel pedazo de hielo raspado con miel roja y verde enmelcochada en un cucurucho de papel, y se le nublaron los ojitos. Yo le di la mía y me quedé sin minuta y mi hermana Jenny con la magia fugaz de sus labios dijo – “si sos pendejo”.Así empezó nuestro amor; entre una lágrima temblando en el ojito de ella, una palabra dicha perfectamente y un pedazo de hielo ya en los funerales del agua con miel y las moscas sobre el cadáver de la minuta perdida.Yo le hacía dibujos y le tomaba la mano, salíamos a la biblioteca a leer los cuentos de Gulliver, que yo le leía sin ganas de leer y ella con ganas de aprender esas lecturas de libros que se quedaron arrinconados en otras manos.En navidad llegó un circo, el de Montoya Aguilar, y en la noche, un camioncito marca “compadre”, anaranjado, anunciaban la presencia del mismísimo Pedrito Fernández y su “mochila azul”.Yo la invité y en caravana fuimos todos los cipotes de aquel lluvioso Valle de Ángeles de 1980, de casitas con tejados llenos de montes y que hasta hoy son las mimas casas y las mismas calles y los mismos borrachos, los mismos turistas, los mismos caballos arrinconados bajo los mismo eucaliptos crecidos bajo el mismo cielo en aquel caminito torcido rumbo al cementerio del pueblo.Pero aquella noche no llovía, ni había borrachos, nuestras madres ensartadas en una silla de madera viendo a Caridad Canelón desparramándose en llanto en la tele.Mi papá dibujando y los cipotes en las calles empedradas jugando capiador y landa. Y el viejo salió a la ventana y dijo, váyanse al circo y nos dio 20 pesos y con el entrabamos 15 cipotes y cipotas, entre ellos Melissa, y nos fuimos al cirquito de Montoya Aguilar, que el mismo vendía las boletas en un hueco de lámina de zinc teñida con pintura Glidden una nariz colorada de un payaso de pelo verde y por la boca salía la taquilla, y la carpa remendada como una cobija de las abuelas de antes, y los pastelitos de perro afuera en una mesita y la horchata movida con una cuchara gigante en un olla azul con pisquitas parecidas al cielo estrellado. Y nosotros haciendo la fila buscando la alucinación de aquella voz de Pedrito Fernández, que entonces salió de un megáfono altísimo y nosotros viendo al cielo buscando la voz y el Pedrito Fernández no salía, y entramos y a sentarnos en las tablas de orilla clavadas en aquel solar baldío y los ojos desorbitados viendo los payasos que salían dándose garrotazos con un cartón y leyendo noticias de un periódico viejo, y esa voz exactita de todos los payasos y nada nos hacia reír por esperar a Pedrito Fernández, y los viejos se le salían los dientes cariados viendo a la pequeña Katty, a la chinita Johana bailando en tanguitas con guindandejos brillantes, como esclavas de la conquista española, y las sonrisas abiertas como un mar, y la baba cayendo sobre nosotros y los silbidos ochenteros, y el humo y el cigarro pinares lanzado al aire, y los gritos de que bailen de nuevo las bailarinas de estoperoles y escarcha barata en las tetas redondas como el mundo que esperan los hombres sin ilusión.Y Pedrito Fernández no salía, y por fin en el último acto apareció el charro de 10 años, esa vos melodiosa y niñata que jurábamos que era el hijo de Pedro Infante y los bolos decían que era el hijo de Vicente Fernández y todos alegando y todos viendo al charrito que no era de México, sino de Talanga, cantaba igualito ayudado de una grabadora Record, escondida bajo de un bulto de ropas de payasos. Era el “Pedrito Fernández” que queríamos, el que esperábamos, y allí estaba el Pedrito con el rostro de frente, con los ojos volteados por la luz, con la barbilla salida por el enredo de su mandíbula simulada y su vos falsificada en un cassette sony.Y Melissa me decía – él canta lindo, y sale en las películas, y yo lo quiero, ya no voy andar con vos, ya no somos novios- y se bajó de las tablas donde estaba cerca de mí y se sentó en una tabla más cerca al escenario de tierra y el pedrito le tocó la cabeza y le dio una flor de papelillo, y ella lo abrazó y se tomó una foto polaroid por 3 pesos con él. El fotógrafo no supo cómo cobrar luego, y yo me salí con los ojos simples y el llanto desbordando mi alma y me senté en un piedra y de reojo miraba a los payasos que salían corriendo, y las bailarinas bellísimas de escarcha, ahora se ponían a darle las tetas redondas a su niñitos de un año, que estaban dormidos detrás de la carpa en la pailita del camioncito compadre, y ya no eran bellas, ni parecían bailarinas, ya todo era una ilusión perdida, y el Pedrito Fernández aún cantaba la “mochila azul”, y los niños y niñas gritando y yo afuera hurgando con un palito el vacío del universo entero.Me fui… y a lo lejos la voz del “Pedrito” talangueño aún berreaba y la calle sin luz y mi papá en la ventana con un cigarro. – ¿y que pasó? – me dijo.
-Se terminó la función- le respondí sin verlo.Hoy, 39 años después, mientras me detenía en un semáforo, en la radio escuché el nombre de Pedro Fernández, -ya grande, le dicen Pedro- pensé, y se arrancó con “La de la mochila azul”, como pedido de un guardia de seguridad, un pobre hombre como yo, abandonado por la vida en alguna caseta detrás de alguna fábrica; y le complacieron al instante su pedido del recuerdo ya volado, y me alegró escucharla, y entonces supe que tenía una deuda con la vida, y contar esta historia es para mí la única forma de saldarla, de sentirme que a la vida nada le debo, y que en el amor me quedó un sobrante en monedas del corazón.Allí le dejo el vuelto, como propina en la servilleta del mundo, donde oí pasar la lista y ella no estuvo presente.-Allan McDonald

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