Por: Rossel Montes
Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. Gaetano Mosca, Wilfredo Pareto y Robert Michels, teóricos de las élites gobernantes a inicios del siglo XX, llegaron a conclusiones similares en torno al rol de las élites en los procesos sociales y políticos. Mosca partiendo del análisis marxista de las clases que dominan el aparato estatal llega a conclusiones opuestas y pesimistas, argumentando que toda sociedad debe tener una clase dominante porque las masas son incapaces de auto dirigirse y auto gobernarse, es decir, niegan la democracia directa. Marx, partiendo del análisis de las élites hace ese análisis para tratar de superar ese dicotomía. Las élites, al ser minorias, sientes desprecio por las mayorías que están por debajo de las estratificación social. Desde obreros a las clases medias, y estas últimas se sientes identificadas con las clases más ricas, habiendo muchas veces un problema de identificación de clase, siendo caldo de cultivo para el fascismo y posturas radiales. Aunque el desprecio es mutuo, las masas también sientes desprecio por las clases dominantes, sobre todo cuando éstas son despóticas y salvajes y odian al pueblo. Ya la historia ha demostrado que le ha ocurrido a este tipo de clases dominantes cuando han sido barridas por revoluciones violentas y las cabezas han sido cortadas de sus cuerpos.
En el caso de Honduras, el desprecio de las élites hacia el pueblo es muy evidente, por ejemplo la aplicación de políticas neoliberales. El Neoliberalismo va más allá de las privatizaciones y achicamiento del Estado siguiendo las posturas de los Chicago boys y el consenso de Washington; es toda una ontología del individualismo posesivo – parafraseando al politólogo canadiense C. B. Mapherson- individualismo que viene desde el antiguo liberalismo clásico y que el neoliberalismo solo profundiza. Entonces, el neoliberalismo y el pensamiento anarcocapitalista es eliminar de los imaginarios sociatarios la idea de toda urdimbre comunitaria. Aplicar posturas privatizadora en sociedades ya precarizadas representa un crimen ya que solo profundiza la pobreza y los corredores de miseria. El partido nacional lleva más de 100 años odiando al pueblo hondureño, ostentando el poder político como de lugar: fraudes electorales, crimen organizado. Lo único que podría darle existencia a la democracia en Honduras es una convulsión social y un movimiento social alternado con un partido político que haga batalla en el campo del juego democrático.
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