
Por: Hector Maradiaga, periodista y especialista en comunicación y marketing político
Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación (17/noviembre/2025). La reciente revelación de audios presentados por el Ministerio Público sobre el plan de fraude electoral que la oposición planifica montar el 30 de noviembre ha puesto al descubierto una paradoja inquietante: políticos y periodistas que se definen a sí mismos como defensores de la democracia y la transparencia cierran filas para proteger a los señalados. Un hecho que contradice la ética y los principios.
Los audios, que según expertos han sido sometidos a análisis técnico y se considera que no han sido manipulados, describen acciones concretas para alterar el proceso electoral.
Sin embargo, gran parte de quienes tradicionalmente levantan la bandera de la anticorrupción y el respeto a la ley, han optado por desviar la atención del hecho y en su lugar, apuestan por cuestionar la evidencia o minimizar su relevancia, en lugar de exigir respuestas a los señalados.
Este comportamiento evidencia un doble estándar preocupante. La defensa no se basa en principios, sino en conveniencias políticas: si los audios mostraran lo contrario, el discurso de estos sectores sería completamente diferente.
El cinismo, lejos de ser sutil, se presenta de manera descarada, poniendo en entredicho la credibilidad de quienes dicen velar por la integridad del sistema democrático.
El efecto sobre la ciudadanía es profundo. La percepción de que la justicia y los medios pueden ser selectivos en la defensa de los valores democráticos erosiona la confianza en las instituciones y refuerza la sensación de impunidad.
La democracia no puede ser un discurso que cambie según convenga; requiere principios constantes, que se apliquen sin distinción de nombres, cargos o afiliaciones políticas.
Ese es el verdadero desafío tanto del sistema de partidos políticos como de las grandes corporaciones mediáticas. Los intereses, las afiliaciones políticas en tiempos electorales deben pasar a segundo plano, en el que por principios, la ética debe primar.
La sociedad hondureña por su parte, debe estar alerta a identificar la manipulación y el cinismo político. Porque cada vez que se normaliza la mentira o se relativiza la verdad, se debilita la posibilidad de construir un país justo.
Los periodistas también tienen ante sí una prueba moral. Su papel no es de escudos de conveniencia, sino el de guardianes de la verdad. En tiempos donde la desinformación se disfraza de opinión y el sensacionalismo sustituye al rigor, el periodismo hondureño debe reivindicar su compromiso con la ética y la investigación seria. Callar o justificar lo injustificable es también una forma de complicidad.
El futuro de Honduras depende de que la verdad vuelva a tener más peso que la conveniencia.
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