Este es un monitoreo al azar de las páginas de sucesos de los medios, publicadas entre 2000 y 2025.
Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. Solo hay que analizar las muertes para saber cómo está el crimen en Honduras. A nivel discursivo, Nelson Ávila y Rixi Moncada han comprendido muy bien el crimen.
En sus propuestas, Moncada (Libre) reconoce la captura del Estado por redes criminales, habla de la corrupción como problema estructural y propone un control civil del delito. De su lado, Nelson Ávila (Pinu) lo explica como fenómeno económico-político y plantea desmontar estructuras de poder criminal, no solo maras. Lo que falta en estas propuestas es mostrar estrategias concretas.
Salvador Nasralla (Liberal) propone mano dura y reducción de impunidad, pero plantea el crimen como un problema de “delincuencia común”, no como estructura estatal mientras Nasry Asfura muestra un enfoque tradicional de seguridad, sin mencionar el narco-Estado ni las élites criminales.
Este es un monitoreo al azar de las páginas de sucesos de los medios, publicadas entre 2000 y 2025, que fue cruzado, por medio de aplicaciones, con análisis de los Boletínes del Observatorio de la Violencia de la UNAH, informes de derechos humanos, Casa Alianza, WOLA, Amnistía Internacional.
En los ochenta y noventas, el Estado tenía el monopolio casi total de la violencia con militares represivos, escuadrones e inteligencia.
En los años 2000, el poder se fragmentó, hay una pluralidad criminal con maras, narcos, sicarios, empresarios, cuerpos de seguridad y de defensa del Estado entrenados para matar y personas inmersas en el conflicto agrario y una ciudadanía cada vez más armada.
La muerte pasó de ser un asunto político o ideológico y empezó a ser un mercado, un negocio, una industria de las más rentables. Podemos hablar de una especie de democratización del crimen, en ese periodo, pero en 2014 el Estado vuelve a monopolizar el crimen controlando el narcotráfico.
El nuevo reto para quien vaya a la presidencia de Honduras es eliminar el narcoestado por vía democrática, garantizar seguridad.
Pero además, llega con el riesgo de un Estado que puede volver a concentrar todo el monopolio ilegitimo de la violencia si llega con autoritarismo.
Ese es el dilema crucial para la seguridad en estas elecciones.
Escenario A — El Estado recupera el monopolio de la fuerza “democráticamente”: Esto pasaría si: • hay depuración policial real, • reducción de la corrupción, • desmantelamiento de estructuras narco, • control civil efectivo, • justicia independiente. En ese escenario, NO volvería la violencia política del pasado. El monopolio se re-centraliza, pero con control democrático.
Escenario B — El Estado recupera el monopolio “autoritariamente”: Este es el verdadero riesgo. En la historia de América Latina, cuando: • las maras disminuyen, • el narco pierde poder, • o las economías ilícitas se debilitan, algunos gobiernos aprovechan para recentralizar la violencia pero no en clave democrática, sino: • militarizada, • de control social, • de represión política, • de limpieza social, • de vigilancia masiva, • con uso de unidades especiales para eliminar “enemigos internos”.
Ejemplos recientes: El Salvador (Bukele), Guatemala en tiempos de contra-mafias, Honduras en los 80.
Desde la mirada de la antropóloga Rita Segato, comparada con el monitoreo de 2001 a 2025 se concluye que la violencia hondureña de las últimas décadas puede ser concebida como una pedagogía de la crueldad donde los cuerpos —especialmente los de las mujeres, pero también los de jóvenes pobres, campesinos y niños— se transforman en “territorios de mensaje”.
La conclusión de este análisis es que los cadáveres abren la puerta para entender el ADN del crimen en Honduras: en general el agresor hondureño está construido con una masculinidad agresiva, fue socializado en la violencia, cree que la dominación, las armas y la crueldad son la forma legítima de resolver conflictos. Deshumaniza a su enemigo. Desde el sicario de barrio hasta el corrupto de Estado, hay una masculinización del poder violento.
La víctima, en cambio, es siempre una persona situada en vulnerabilidad frente a ese poder masculino armado: jóvenes pobres, mujeres, campesinos, defensores, niñas y niños. Esa es la constante: la jerarquía de poder armado define quién mata y quién muere.
Al caminar por los pasillos que describen las escenas del crimen y analizar el tipo de lesiones en los cuerpos inertes, se descubre lo que describe la muerte.
Intento discursivo por salir del narcoestado
Durante la presidencia de Xiomara Castro (2022–2025) hay una leve reducción de homicidios, estados de excepción permanente, pero es evidente que el narcotráfico continúa asesinando.
Hay un discurso para “desmontar el narco-Estado”, mientras las estructuras criminales siguen activas y las escenas del crimen recientes, siguen mostrando: cuerpos maniatados, encostalados o envueltos en plástico, con tortura previa, continúan las masacres.
Hay un siempre floreciente mercado de sicarios.
Narcoestado
En 2014-2018, el narcoestado que describió el juez Kevin Castell usó como sicarios a escuadrones del Estado como la Policía Militar y la Fuerza Nacional Antimaras y Pandillas (FNAMP). Tenía a la cabeza del crimen al presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández.
La tasa de homicidios empezó a decrecer y aumentaron las escenas de homicidios selectivos contra transportistas, testigos, líderes comunitarios, ambientalistas indígenas. El crimen se profesionaliza.
El mercado del sicariato
A estas alturas se había consolidado el mercado de los asesinos a sueldo que germinó a principios de siglo. Los sicarios son usados en narcotráfico, para extorsionar, matar transportistas, personas defensoras de la tierra, periodistas, en ganadería, corrupción, eliminar informantes, testigos, personas que fallaron o traicionaron y mujeres que no siguen las reglas. Además para limpiar el camino político y para enviar mensajes.
Este mercado inició con pandilleros que cobran por matar hasta evolucionar en la actualidad en una industria por escalas con policías, militares, mercenarios, jueces. Es un ecosistema criminal.
Esta nivel tiene armas baratas, usa motocicletas, se mueve en estratos bajos. Puede estar ligado a extorsión, pleitos, dispara a piernas, amenaza, elimina testigos. Su trabajo puede costar desde 100 a 500 dólares.
Con la estructura de los ochenta impune e intacta se pasó al sicariato profesional es utilizado por narcopolíticos y empresarios. Operan en grupo, tienen táctica, estrategia, inteligencia, están organizados, controlan rutas, protegen carga de droga, eliminan rivales, periodistas, defensores u otros asesinatos selectivos. El costo puede andar entre $2,000–20,000 dólares.
Están además los sicarios élites crimnales ya sea narco-Estado / mandos policiales / militares. Hay policías, militares, agentes de inteligencia, funcionarios. Más allá de un pago, acá las cosas se mueven con cuotas de poder.
Reporteros de Investigación ha documentado casos donde:
• oficiales activos están vinculados a asesinatos,
• mujeres policías aparecen asesinadas con signos de tortura y encubrimiento,
• defensores ambientales son ejecutados en presencia o tolerancia de agentes de seguridad privada y pública,
• periodistas asesinados en contextos que involucran estructuras de poder (serie Sicarios, , Narcomilitares Narcopolítica).
En este nivel hay desaparición forzada, cuerpos quemados, alteración de escenas, manipulación de investigación y protección de sicarios. Puede controlar la verdad y la narrativa
Mando de sicarios
Órdenes:
- Narcos
- Políticos
- Élites económicas
- Mandos policiales o militares
- Alcaldes
- Empresarios en conflicto territorial
Intermediarios
- Jefes de plaza
- Oficiales corruptos
- Guardias privados con contactos
- Operadores de inteligencia
Ejecutores
- Sicario callejero (barato)
- Sicario profesional (narco)
- Policía o militar (élite)
Trabajo y seguridad
En el periodo de Porfirio Lobo (2010–2014) Honduras fue el ”país más violento del mundo sin guerra”. No es casualidad sino el resultado de la penetración directa de Los Cachiros en las más altas esferas del Poder Ejecutivo.
Los escenarios del delito confirman la consolidación del narco-sicariato, la tasa de homicidios sobrepasa 80 por cada cien mil habitantes. Los cuerpos son mutilados con rituales narcos, torturados, desmembrados, encostalados, con huesos quebrados.
Hay una semiótica del crimen que utiliza los cuerpos como un proceso de significación para generar terror. Un ejemplo de ello es el mercadeo de búsqueda del cuerpo del periodista Anibal Barrow. Su cuerpo es buscado ante el lente de los medios hasta encontrarlo quemado y despedazado por lagartos en una laguna.
El director de la Policía Nacional, Juan Carlos Bonilla, sicario de la estructura que lo mató, dirige la búsqueda y se exhibe contaminando la escena del crimen. Un ejemplo de frialdad, poder y control de la ejecución de la impunidad.
Aumentan los femicidios, vinculados al crimen organizado.
Es evidente la tecnificación del uso de armas de fuego, operaciones tácticas con estrategia y jerarquías para matar. Las maras están con más poder que nunca.
Historia del crimen
En los ochenta el crimen estaba concentrado en manos estatales entonces los escuadrones de la muerte mataron con motivaciones político ideológicas.
En los noventa con la liberalización de la economía, se democratizó también el mercado criminal, el delito dejó de estar bajo control del Estado para convertirse en un tejido que decide en ciudades y comunidades.
Las estructuras que mataron en los ochenta estaban impunes y listas para seguir asesinando como una política de limpieza del crimen.
La primera pregunta del análisis fue si hay asesinos seriales en Honduras para concluir que lo que hay en Honduras, es un sistema serial de asesinato que depende de una estructura con una masculinidad vertical y violenta.
Poder Ciudadano
Entre 2006 y hasta el Golpe de Estado de 2009 contra el presidente José Manuel Zelaya Rosales continúan las operaciones de la maras, empieza a aumentar la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes.
El crimen se vuelve más complejo con cuerpos quemados, ejecutados, siguen las masacres, el Cartel de Sinaloa consolida su presencia en Honduras y opera mediante sobornos para penetrar la presidencia de la República.
Como ocurre desde el inicio de siglo, el arma de fuego sigue siendo el instrumento dominante. La ejecución en vía pública sigue usándose como un mecanismo de control social.
Para este tiempo ocurren los relevos criminales y de la tradición que daba más poder al Partido Liberal, por su colusión con el crimen organizado, se pasa a la participación del Partido Nacional.
Cero Tolerancia de Maduro
A final de los noventa, Carlos Flores Facussé deja el poder y se consolidaba una política de ejecución sumaria como medida de control del crimen.
Ricardo Maduro toma la presidencia entre 2002 y 2006 y propone la cero tolerancia al creciente fenómeno de las maras y pandillas. Incluso promociona la Ley Antimaras que no era más que una reforma del Artículo 332 del Código Penal.
En este tiempo, los cadáveres dan cuenta de ejecuciones extrajudiciales de jóvenes y jóvenes “estigmatizados”, los cuerpos con tiros de gracia, cuerpos armados del Estado, utilizados para asesinar bandas de secuestro. Hubo una combinación de violencia entre pandillas y de “limpieza social”/ejecuciones arbitrarias por actores estatales o paraestatales. Inicia la era de las masacres y visibles ajustes de cuentas del crimen organizado. Los muertos son utilizados para mandar un mensaje silencioso de terror.
En este tiempo se cosecha la colusión del narcotráfico con diputados y su penetración en el sistema de justicia.
Ahora esa cosecha florece.
- 2001–2006 (Maduro y parte de Flores Facussé) Las maras van en expansión. Política de “mano dura” y limpieza social. El mensaje es: “limpiar” el barrio y disciplinar a la juventud pobre. Se empiezan a ver ataques a lugares masivos.
- 2006–2010 (Gobierno Zelaya + golpe de Estado) Aumentan los homicidios; las maras se arman más. Hay más domicilios atacados, más armas en circulación. Entra con más fuerza el Cartel de Sinaloa, con presencia visible.
- 2010–2014 (Porfirio Lobo Sosa) Honduras llega a ser el país más violento del mundo, con tasas que superan los 80 homicidios por cada 100,000 habitantes. El crimen no está enquistado sino como plaga en expansión.
- 2014–2022 (Juan Orlando Hernández) La tasa de homicidios baja relativamente, pero hay una sofisticación de la violencia.
- 2022–2025 (Xiomara Castro) Hay leve reducción de homicidios. En la práctica, en las calles continúan: cuerpos maniatados, feminicidios, muertes en contexto de crimen organizado, escenas con la “firma” del crimen organizado en cada muerte. Continuidad de patrones patriarcales y criminales, con intención discursiva de desmontaje.
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