Aquel domingo no hubo resurrección

Por Allan Mc Donald

Tegucigalpa, Honduras (Reporteros de Investigación). El mundo era un viento abatido por la soledad. Eran las 8: pm.

Valle de Ángeles de 1982, era entonces, un pueblo en la penumbra del silencio, un caserío de piedras pardas con casas de bahareque y tejas anaranjadas, ensartadas al azar en los horcones de madera antigua.

Una iglesia con un cura muerto, un parque polvoriento y un quiosco recién hecho para enamorados de ojos que se cruzaban por esa rotonda de ladrillos pintados a mano.
Yo tenía 8 años, mis hermanos más pequeños y una hermana mayor de 16.

Mi madre se había puesto las mesas y camas en la espalda después de un divorcio desgraciado, como todos, y envuelta en esas angustias de criar sus 4 hijos, dispuso vivir alquilando una casa pequeñita, sin ventanas, en el barrio abajo. Enfrente de las Gonzáles.

Mi padre se había ido a buscar su destino después de naufragar en el amor de mamá, que era una barca ya hundida en la más completa tristeza y depresión que jamás ella pudo sortear, sino a través de los ojos de la locura, que le puso la vida en un hoja arrancada del viento infame de su trágico final.

Eran las 8: pm de aquel sábado de Gloria, las procesiones habían escampado ya, bajo la llovizna de los ojos de Dios. La vigilia estaba en el atrio de la iglesia, esperando la resurrección del Hombre que fue asesinado sin piedad por los romanos y por la historia de cada día.

Mamá, que no creía en santos que orinaban en el huacal de las religiones, no nos dejaba andar en misa, ni en protuberancias sociológicas de la fe.

Creía en el esfuerzo de cada uno para ser libres y felices, decía.

En esas charlas estaba, mientras acariciaba las cejas de mi hermana Jenny, acurrucada en un camastro angostito en el rincón. Mi madre cruzaba con mentolina a mi hermano Johnny, y yo bajo el embrujo de las cobijas salvadoreñas, miraba sombras que imaginaba dibujos en movimientos rudimentarios de la noche que se caía a pedazos en mi dolor del autismo brutal que me robaba las palabras y los silencios.

Solo mi madre hablaba y con la latita verde de mentolina en la mano le decía a Sherry, la mayor de todos, con 16 años en su cabello ensortijado en dorado y el corazón alegre por la juventud que le palpitaba por John Travolta que nos miraba desde un poster del cancionero popular encartonado con engrudo en el biombo que dividía la casita ajena.

En esas vueltas de la noche estábamos cuando tocaron la puerta.

El silencio se alargó tanto que no cabía en nuestras bocas y mi madre pregunto:

-“Quien es”?

-“Yo, doña Letty”- dijo la voz perforada en una garganta agitada por la saliva espesa de alguien que no espera nada.

El silencio se hizo de nuevo. Como un siglo de cruces olvidadas en el viento.

-«Yo, El Turco, doña Letty.»

El Turco, que apenas lo había visto una vez, era un niñato de 18 años vividos con el lujo de la vida premiada en el bienestar social. Era de Danlí, supe de él, la única vez que lo vi cuando en persona le entregó a mi hermana Sherry una carta salpicada en perfume Azzaro en el campo Julio Verne, donde había juegos mecánicos, unos meses antes de aquella noche, mientras mi mamá visitaba su familia en aquel pueblo invadido de contrarrevolucionarios y mujeres de la vida triste, que vivían de los dólares endosados de esa guerra ajena.

Sherry, se acomodó el pelo con la mano dislocada de la vanagloria, y le dijo en palabras suaves y firmes a mi madre:

– decile que no estoy y no estaré más acá para nadie.

Mi madre abrió la puerta de madera abatida por los años, y le dijo las palabras exactas al Turco.

La puerta se cerró y mi madre despacito colocó un ramo de rosas rojas en una lata de avena Quaker.

Nadie habló, sabíamos que estaba allí aún.

Hasta que el motor de una Yamaha se encendió y se escuchó el ruido ya lejano, hablaron ellas.

– Pobre muchacho vino de Danlí solo a verte.

Sherry no miró las rosas, bajo su almohada sacó una cassette Sony, lo enrolló con un lápiz Bic. Le dio el soplo de la buena suerte,y dos palmadas luego lo colocó en su grabadora Record: Saturday Night Fever bramó en las gargantas de los Bee Gees.

Apagó la luz y dijo sin despegar la mirada a John Travolta que se miraba oscuro en el cancel con el pelo gelatinado:

-Él turco no me gusta, Me gusta John Travolta. Buenas noches.

la nebulosidad en negro total se desplomó bajo mis cobijas y el insomnio nunca me dejó, nunca, ni esa noche.

20 minutos habían pasado, suponía yo desde que se escuchó el ruido de la Yamaha, cuando de nuevo tocaron la puerta:

Esta vez era Nora Gonzáles, una vecina amiga de mi madre, para decirle que el muchacho de la moto se había accidentado a unas 3 cuadras de allí.

Mi madre y todos nosotros en ristra salimos a ver aquel acontecimiento, pero Sherry no dijo nada, solo se acomodó en sus sueños mientras los Bee Gees seguían berreando.

Era verdad el hombre se había desboronado frente a la entrada del hospital Adventista, su moto caliente en el pavimento, aun daba vueltas los pedazos de las ruedas, él estaba bocabajo, arrinconado en la carretera, con su chumpa negra con estoperoles que decían “Sherry”.

Las vías anaranjadas aun encendidas y la gente aglomerada tratando de auxiliarlo…

El día siguiente, era domingo de resurrección, me cambié de ropa, salí despacio de la mano de mis hermanos a la misa que no nos permitían, nadie dijo nada de la noche anterior.

La resurrección del señor era ese domingo. Y solo de eso se habló en la iglesia. Yo me confundí y pensaba que era “El Turco” que reviviría, a ese que nunca pregunté por su nombre.

No fue así.
La vida se abalanzó sobre mí, y crecí.

Fue ese el primer muerto que vi.

Hoy pasé por allí, lo recordé en un relámpago de 33 años idos sin perdón de nadie. vi el mismo pavimento, vi la moto envuelta en humo, las luces rojas dando vueltas, y entre las gentes, me vi yo. Y me descubrí asustado, con los ojos desbordados en el espanto, vi a la señora muerte sentada al borde la carretera, triste por un amor que no fue…

El mundo era un viento abatido por la soledad.

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