Radio Paz: Una historia sin contar

Por: Carlos Méndez

Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. Por la madrugada, el radialista de planta se desplazó hacia su trabajo para su oficio cotidiano en la 990 del dial de la radioemisora.  Saludó al vigilante. Y luego abrió el portón de un cuadrado sencillo y humilde con tubos recubiertos de alambre de gallina. Antes de entrar a la cabina central, abrió el departamento, asignado a la discoteca, para seleccionar la música ranchera que pondría en el programa, no sin antes echar llave por dentro siguiendo normativas de la gerencia. El pueblo duerme.  A esa hora, centenares de campesinos, se levantaban para juntarse al lado del fogón suspirando por un pocillo de café y algún pan de casa. Otros, disfrutan el cielo estrellado y en un extremo, algunos, los más viejos, señalan con el índice hacia un costado del firmamento, el nixtamalero a la vista, la estrella brillante que aparecía a las 4 de la madrugada

-¡Prendan el radio ooh!, ¡que aquél ya está poniendo las rancheritas!

 A los pocos minutos de entrar a la discoteca, el locutor sintió un tropel de gente en la calle de tierra al frente del edificio.  Inmediatamente, en segundos electrizantes, apagó las luces del espacio con estantes repletos de discos y se sentó a escuchar en la todavía oscuridad y con silencio apretado, la bulla de personas que se apostaban frente a los predios de la radio. Abrió con pulso fino, las persianas de vidrio, como cuando ponía una aguja sobre el disco musical en la tornamesa y vio cuando el jefe de un pelotón de soldados del ejército pedía al vigilante abriera el portón. 

– ¡Es una orden del gobierno intervenir esta radio!, vomitó carrasposamente el soquete con porte de primate. Armados hasta los dientes, como si fuesen a una guerra, no menos 40 moteados entraron y rodearon las instalaciones físicas de extremo a extremo con una sorpresa nunca vista: ¡no violentaron puertas ni destruyeron equipos ni robaron un alfiler o el disco “¡Ayer tuve un sueño” de los Pasos de España, que Susy Cruz, la voz más limpia y hermosa de toda la radiodifusión sureña, había dejado olvidado sobre una silla perezosa que descansaba en una esquina del edificio!

Unas seis horas antes, aproximadamente, 25 de junio de 1975, se cometía la matanza de 14 personas, la mayoría campesinos, dos sacerdotes, y dos religiosas en Los Horcones, Valle de Lepaguare, Olancho. Una tragedia nacional que la burguesía terrateniente y financiera buscaron enterrarla en el olvido. El gobierno estaba usurpado por el golpista Juan Alberto Melgar y que años más tarde, fue quitado por un golpe de barracas, en 1978, acusado, vaya Ud. a creer, ¡que perversas coincidencias de la vida!, por “tolerar actividades de narcotráfico” en su gobierno. (Revista digital El Pulso, enero, 2017. Tegucigalpa). 

Radio Paz, Voz del Desarrollo, en Choluteca que inauguró sus audiciones en agosto de 1969, con una cobertura mayor a las 300 mil personas, fue acallada para evitar que se hiciera mucho molote por aquella masacre y ocultar el desasosiego social en el agro.  Su cierre abrupto tenía mayor profundidad:  Es la radio que impulsó los acuerdos de los obispos en Medellín y el Concilio Vaticano II (1968), en donde aparece nuestro obispo eterno, Marcelo Gerin, como faro, impulsando el movimiento de Celebradores de la Palabra no solo en nuestro país, sino replicado en todo el continente. La iglesia se encarna en Radio Paz para denunciar como pecado, la situación de injusticia social cometida contra los más pobres y anuncia el evangelio de Jesús retransmitiendo que el reino de los cielos es posible lograrlo en la tierra en comunidad con los más necesitados del sur y de toda Honduras. Y esta es la razón por la que Radio Paz no fue perdonada por poderes locales “católicos cristianos”, que no dudaron en calificarla como “subversiva”, por consiguiente, alentar y promover su cierre aprovechando el contexto y la coyuntura del crimen de lesa humanidad que los terratenientes y militares hicieron en Los Horcones en la tarde noche del día anterior 25 de junio 1975.

Al momento de su cierre, “la Paz” alfabetizaba más de 6 mil campesinos, transmitía programas de orientación agrícola; fortalecía los Clubes de Amas de Casa y la obra cumbre de la iglesia: El movimiento de Celebradores de La Palabra. Luego de aquel momento doloroso para la libertad de expresión, no pasó mucha agua bajo el puentón de hierro, cuando la iglesia católica   alquiló la frecuencia con sus instalaciones físicas, incluso dio barra programática creativa, y original, a la Corporación Audio video. S. A. del empresario Miguel Andonie Fernández que tenía en su poder una frecuencia en Choluteca para una emisora que ya tenía nombre: Radio Valle.  El auditorio celebró el surgimiento de esta emisora. Pensó que se reabría Radio Paz “desde la tierra del jícaro y el fresco de morro.” Y fue motivo de mucha alegría para las comunidades eclesiales de base y pueblo en general.  Esa sensación de reapertura de “la paz” y no otra en su lugar, logró desmovilización para defender al verdadero proyecto de radio popular con lo que se logró así, conseguir una táctica para el olvido y sofocar cualquier iniciativa ciudadana por rescatar a su radio. Todavía hoy, muchísimas personas aseguran y sienten equivocadamente que Radio Valle es la mismísima Radio Paz, pero con otro nombre.

El pasado 29 de agosto, la actual Radio Paz, con otra mirada radiofónica, muy distinta con la que fue inspirada por los obispos del CELAM, Monseñor Marcelo Gerin y el Padre Pablo Gillet, a la cabeza, celebró sus 53 años de vida. Algunas personas que peinan canas ahora y que eran apenas güirros o cipotas, recuerdan y añoran a la otrora radio comprometida, desde el evangelio del Hijo de María y José, con su pueblo más indefenso. 

Hoy, en la oquedad del tiempo, una alegría con nostalgia, y un par de pupilas se escurren, por el resquicio dejado en las persianas de aquella ventana desde donde se vio y sintió a la radio humana amordazada “por órdenes superiores”. Un delito   que continúa impune. 

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