
Devis Leonel Rivera Maradiaga entendió que el expresidente Juan Orlando Hernández era un miembro más de su banda de narcotraficantes desde que le recibió un soborno de U$250,000.
Por Héctor Silva Ávalos
Nueva York | Reporteros de Investigación. Nunca bajó la mirada ante Raymond Colon, el abogado de origen puertorriqueño que lidera la defensa del expresidente Juan Orlando Hernández en el juicio por narcotráfico que se desarrolla en el salón 26B del Distrito Sur de Manhattan. Devis Leonel Rivera Maradiaga, el Cachiro, miró de frente al abogado cuando soltó una de las frases que más han resonado desde que empezó este proceso judicial: “Él (Hernández) era un Cachiro según lo tomaba yo porque ya había agarrado dinero de Los Cachiros”.
Rivera Maradiaga respondió así a cuestionamientos de Colon sobre la supuesta alianza entre el expresidente y las principales bandas de narcotraficantes hondureñas a principios de la década 2010.
Hasta el pasado miércoles, séptimo día desde que arrancó el juicio, y a falta de al menos siete testigos más que el gobierno de los Estados Unidos pretende llamar al estrado, Rivera se había convertido en el testimonio más contundente. Durante dos jornadas, el Cachiro, a preguntas del fiscal Jacob Wutwillig, dio forma a la narrativa de la acusación, según la cual Juan Orlando Hernández pasó de ser un facilitador político del narcotráfico, que alimentó su ascenso al poder con dinero proveniente de la cocaína, a convertirse en un líder del crimen organizado mientras fue jefe de Estado e incluso antes, cuando era presidente del Congreso Nacional.
Es, esa, una historia de traiciones también; un relato que empieza con la ruptura entre el clan de los Valle Valle y Hernández, de la que los Cachiros, según testificó Rivera Maradiaga bajo juramento, fueron solo espectadores.
Corría 2014 cuando al despacho de Hernández llegaron rumores de que los narcos más poderosos del país querían matarlo. Sus informantes en el bajo mundo le habían contado que Los Cachiros, dueños de las rutas del norte y el Atlántico, y los Valle, señores de Copán, querían matarlo.
El Cachiro confirmó la historia y explicó su versión. Los Valle, dijo el narco, se sintieron traicionados porque el recién estrenado presidente del país había dejado de contestarles las llamadas a pesar de los sobornos que supuestamente le habían entregado y porque las autoridades hondureñas, bajo el mando de Hernández, empezaban a decomisar propiedades al clan copaneco.
Fue Carlos Emilio Arita Lara, alias Muco o Milo, el jefe de sicarios de los Valle, el que contó del plan de atentado a Devis Rivera Maradiaga. Estos dos hombres se conocían bien: ambos habían matado por órdenes de Miguel Arnulfo y Luis Alonso Valle. Fue el mismo Luis Alonso el que confirmó al Cachiro que querían matar a Juan Orlando Hernández.
Temeroso, JOH mandó a uno de sus hombres de confianza, el diputado nacionalista por Cortés Reynaldo Ekónomo, a averiguar. Ekónomo, contó el Cachiro en la corte neoyorquina, era uno de sus tres vínculos con el expresidente Hernández; además del diputado, los Cachiros enviaban mensajes con Arnaldo Urbina Soto, entonces alcalde nacionalista de Yoro, y con Tony Hernández, condenado en Estados Unidos a cadena perpetua por tráfico de drogas.
El abogado Raymond Colon, como ha intentado hacerlo con los testigos de la fiscalía a los que ha hecho contrainterrogatorios, se esforzó por cuestionar la credibilidad de Rivera Maradiaga y destacar su historial delictivo, que incluye participación en 78 asesinatos, según él mismo Cachiro aceptó cuando se entregó a agentes de la DEA estadounidense en 2014.
- “Tiene alguna prueba de que los Valle entregaron sobornos al expresidente Hernández”, lanzó la pregunta Colon.
- “La única prueba de lo que los narcotraficantes les damos a otros narcotraficantes es la palabra”, respondió Rivera Maradiaga.
- “¿Tomó con seriedad el intento de asesinato? ¿Lo creyó?”, preguntó el defensor.
- “Sí, lo iban a matar”, dijo el Cachiro antes de reiterar que los Valle le ofrecieron participar en la planificación del atentado, algo a lo que, según él, se negó porque cuando eso ocurrió ya era informante de la DEA, ya había sobornado a JOH y porque “no pasaba por mi mente matar el presidente de la república”.
Colon preguntó luego por qué, si decía que Juan Orlando Hernández era su socio, Rivera no había hablado de una vez con el entonces presidente para avisarle del atentado. “¿Para qué? Yo ya había hablado con Ekónomo, con Arnaldo Urbina, que eran narcos y eran compañeros de él… No había que contactarlo, había otros narcos que hablaban con él”.
Mientras respondía estas preguntas de Colon, el Cachiro no bajó la mirada. El abogado, nervioso en algún momento, esbozó una sonrisa que quería ser sarcástica. El Cachiro siguió viéndolo.
En su segundo acto, Colon hizo lo que ya había hecho cuando, en este juicio, interrogó a Alexander Ardón, el exalcalde narcotraficante de El Paraíso, Copán: revisar, uno a uno, los asesinatos que han confesado. En un momento, Colon preguntó a Rivera Maradiaga si no se arrepentía de sus acciones. La respuesta del cachiro terminó siendo una arenga contra Hernández que retumbó en la corte:
“¿Sintió remordimiento (por ese crimen)?

En su tiempo, no, pero ahora me arrepiento de haber sobornado a políticos corruptos de mi país como Juan Orlando Hernández, Tony Hernández, policías corruptos, militares corruptos como Pacheco Tinoco porque en vez de agarrar sobornos, nos hubieran detenido porque ellos sabían que éramos una banda de narcotraficantes peligrosos y no les importó sino que se hicieron miembros del Cartel de Los Cachiros”.
Fue esta la jornada en que Juan Orlando Hernández se mostró más nervioso. Fue incapaz de sostener la mirada al Cachiro, el hombre con el que alguna vez compartió los caminos del crimen organizado en Honduras.
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